{"id":7565,"date":"2024-11-01T14:49:10","date_gmt":"2024-11-01T14:49:10","guid":{"rendered":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/?p=7565"},"modified":"2024-11-01T14:49:13","modified_gmt":"2024-11-01T14:49:13","slug":"toros-coleados-en-caracas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/?p=7565","title":{"rendered":"Toros Coleados en Caracas"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>En 1890 se coleaba en Ant\u00edmano y, en algunos casos, los muy ricos arrojaban monedas de oro, mientras que las muchachas premiaban con flores o lazos de cintas a los audaces coleadores<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Emparentados con el inicio de la ganader\u00eda en Venezuela y la creaci\u00f3n de hatos en el siglo 16, los toros coleados surgieron de la necesidad que ten\u00edan los llaneros de tumbar los animales que se separaban de la manada. Esta actividad, que era parte de la faena, luego pas\u00f3 como diversi\u00f3n, de la pampa a los pueblos. Seg\u00fan Daniel Mendoza, el primer hato fue fundado en 1530 por el emprendedor espa\u00f1ol Crist\u00f3bal de Mendoza Rodr\u00edguez, quien se instal\u00f3 con once familias cordobesas en un hato llamado Uverito, cerca de Calabozo. El coleo lleg\u00f3 a la capital con los llaneros de P\u00e1ez y se asent\u00f3 en los primeros a\u00f1os de la Rep\u00fablica (1830).<\/p>\n\n\n\n<p>El C\u00f3nsul General de los Estados Unidos, que hab\u00eda asistido a una coleada durante la primera presidencia de P\u00e1ez, escribi\u00f3 en su diario: \u201cHab\u00eda un gent\u00edo que parec\u00eda divertirse mucho con la m\u00e1s perfecta tonter\u00eda que haya visto, para no decir mucho de la crueldad y el salvajismo de tal deporte\u201d. (La suerte de \u201cderribo del toro\u201d se practicaba en Espa\u00f1a). El coleo fue retomado en los gobiernos de Monagas y de Joaqu\u00edn Crespo, quien se trasladaba a El Valle para las coleadas y carne en vara con m\u00fasica que all\u00ed se organizaban. Cuando se celebraban en la ciudad, se cerraban calles (entre las esquinas de Candelaria y la Romualda o de Carmen a Municipal y en San Juan) y la gente se encaramaba en las ventanas para evitar una cornada del martirizado toro, que pod\u00eda ser un asustado pero peligroso novillo.<\/p>\n\n\n\n<p>En 1890 se coleaba en Ant\u00edmano, pero ya San Juan tambi\u00e9n era zona de coleo y, en algunos casos, los muy ricos arrojaban monedas de oro, mientras que las muchachas premiaban con flores o lazos de cintas a los audaces coleadores, que sol\u00edan ser militares, ganaderos y aficionados en general. Pero los toros tambi\u00e9n se prestaban para la guachafita. El 16 de julio de 1853, unos jinetes de a pie que presenciaban una coleada frente a Capuchinos, desmontaron a unos inocentes espectadores y partieron en sus caballos a cometer fechor\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Si se except\u00faan estos actos de aislado bandidaje, el deporte, aunque cruel y hasta salvaje, era colorido, a pesar de haber sido catalogado de \u201cb\u00e1rbaro tumulto\u201d por Jenny de Tallenay, en 1878. Despu\u00e9s que Guzm\u00e1n lo prohibiera, desapareci\u00f3 el coleo de Caracas. Pero a mediados del siglo veinte, reapareci\u00f3 en el Club Campestre Los Cortijos, el primer club campestre moderno que tuvo la ciudad. Creado el Valle Arriba Golf Club un a\u00f1o antes, Los Cortijos fue establecido en 1943 por y para una naciente clase media. En 1982 Jorge Luis Borges presenci\u00f3 una coleada en ese Club, acompa\u00f1ado de su inseparable Mar\u00eda Kodama y de Juan Liscano, rodeado de varios j\u00f3venes escritores venezolanos, quienes notaron que el invidente argentino afinaba el o\u00eddo para escuchar bien la carrera de los animales en su trayecto en la manga. Curiosamente, el escritor, pudo detectar el trote del toro y los caballos, pero no para escuchar el alegre seis numerao que anunciaba el arpa, antes de cada tanda de coleo, o los sabrosos galerones que Benito Quiroz alternaba con los valses, joropos y pasajes de Magdalena S\u00e1nchez, la verdadera reina del folklore nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>A pesar de haber sido P\u00e1ez, Crespo y los Monagas coleadores, el presidente m\u00e1s entusiasta del coleo fue Cipriano Castro. Su escenario predilecto tanto para la mesa, la danza y la manga era La Victoria, ciudad donde triunf\u00f3 la Revoluci\u00f3n Restauradora. Cuando visitaba la ciudad, el siempre invicto no coleaba pero asist\u00eda en un brioso corcel a despejar la manga y, entre sus ocurrentes salidas y su buen humor, cortejaba a las hermosas arag\u00fce\u00f1as que llevaban cintas para los diestros coleadores. Germ\u00e1n Fleitas N\u00fa\u00f1ez recuerda una an\u00e9cdota que pinta el ambiente de una tarde de Castro en la Victoria.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cUn d\u00eda el doctor Olayzola, diestro coleador carabobe\u00f1o, le ofrece una tumbada. \u2018\u00c9se lo voy a tumbar por el filo del lomo, general\u2019. Hay expectativa. Viene la carrera y Olayzola hala la cola con sus fuerzas, pero el toro apenas resbala en cuatro patas, gira sobre s\u00ed mismo y queda con la cabeza hacia atr\u00e1s; pero no se cae. El avergonzado coleador le grita desde el caballo: \u2018Perdone, general, pero en el momento crucial me falt\u00f3 caballo\u2019. El general Castro hace estallar las carcajadas de las muchachas que lo rodean cuando contesta: \u2018No, Olayzola, lo que le pas\u00f3 fue que en el momento crucial, le sobr\u00f3 toro\u2019. \u2018\u00a1Ese es mi gallo!\u2019, grita un borracho, y las muchachas, que ya ten\u00edan sus cintas listas para adornar al jinete, se las colocan todas al \u2018siempre invicto\u2019 \u201d. Lo bueno de las cintas es que ven\u00edan acompa\u00f1adas de un beso en la mejilla.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Por\u00a0<strong>Eleazar L\u00f3pez-Contreras<\/strong><\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":" <p>En 1890 se coleaba en Ant\u00edmano y, en algunos casos, los muy ricos arrojaban monedas de oro, mientras que las muchachas premiaban con flores o lazos de cintas...","protected":false},"author":1,"featured_media":7566,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_joinchat":[],"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[],"class_list":["post-7565","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-slider"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/7565","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=7565"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/7565\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":7567,"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/7565\/revisions\/7567"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/7566"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=7565"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=7565"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/lomejordelcoleo.com\/w\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=7565"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}